sábado, 10 de junio de 2017

LAS RAZONES DEL BIEN COMÚN


 El nuevo fascículo del “Boletín del Observatorio”

Obervatorio Cardenal Van Thuan, 2 - 6- 2017
 Bollettino DSC 1-2017

¿Estamos perdiendo la idea de bien común? O, más bien, ¿el bien común está perdiendo relevancia? O peor aún: ¿somos capaces de entendernos en lo que respecta al bien común? Estas son las preguntas a las que intenta responder el nuevo número del “Boletín de Doctrina Social de la Iglesia” del Observatorio Cardenal Van Thuân que, junto a La Nuova Bussola Quotidiana, ha organizado la Escuela de Doctrina Social de la Iglesia que el arzobispo Giampaolo Crepaldi iniciará el 1 de junio. El fascículo contiene contribuionces de Mons. Crepaldi, Stefano Fontana, Danilo Castellano, Giovanni Turco y Samuele Cecotti.

De nuestras tres preguntas iniciales, tememos que la tercera sea la más realista. Todo grupo político dice querer el bien común; cada ley -es lo que se dice- es emanada por el bien común, pero la impresión que se tiene es que se está dañando al bien común porque las concepciones que se tienen del mismo son falsas."

El bien común es lo que legitima la autoridad política, también en democracia. El voto popular designa a los gobernantes, pero no legitima su autoridad. 
Tomemos como ejemplo los impuestos. Estos son lícitos, explica Cecotti en el fascículo del “Boletín”, cuando son moderados y cuando no están en contraste con el bien común. Pongamos a Italia como ejemplo: con nuestros impuestos el poder político financia el aborto, la fecundación artificial, el cambio de sexo, las familias que no son tales y, si se aprueba la ley, la eutanasia. La imposición fiscal actual de nuestro país, sería, por lo tanto, ilegítima, aunque legal. Sin hablar, además, de las actividades que el estado financia con nuestros impuestos y que son lícitas, pero problemáticas por el modo como son realizadas. La instrucción, por ejemplo, es un bien en sí misma, pero no lo es el modo centralizado e irrespetuoso del principio de subsidiariedad (fundamental para el juicio que hay que dar sobre el bien común) con el que es asignada.

El concepto de bien común también ha perdido relevancia entre los católicos, pues muchos de ellos no tienen ninguna duda que una relación homosexual contribuye al bien común. Está de moda el bien común entendido como el interés general, es decir, como la satisfacción de todo lo que los ciudadanos individualmente entienden que es su bien, o el bien del estado, como explica el prof. Danilo Castellano en el “Boletín” del Observatorio. Pero lo que los ciudadanos consideran que es su bien es opinión o deseo, y el bien del estado es, a menudo, el bien de unos pocos sobre muchos.

Por otra parte, si hoy se considera que ya no es posible conocer el bien, ¿cómo se puede hablar de bien común? Si prevalece el voluntarismo sin razones, o el interés sin argumentaciones, el bien común es la hoja de la higuera que esconde las miserias humanas. Pululan las falsificaciones; se dice que es bien común y nos nos entendemos. Si la sociedad es una convención, entonces también el bien común lo es y, por consiguiente, sus contenidos pueden cambiar según quiera la mayoría del momento.

Es necesario, por lo tanto, volver a considerar plenamente “las razones del bien común”, como reza el título del fascículo monográfico. De ello trata sobre todo la contribución del prof. Giovanni Turco, que recuerda ante todo que el bien común es un concepto moral, es decir, vinculado a los fines del hombre en la sociedad y, sobre todo, al fin último, que es Dios. Parte de aquí su verticalidad, es decir, la idea que sin Dios ningún bien común es posible, porque falta el fundamento mismo del bien. He aquí por qué una laicidad cerrada o indiferente a la verdad de las religiones y a la religión verdadera no es capaz de concebir ni de perseguir el propio bien común. El concepto requiere un papel público de la religión cristiana.

Una importante idea de fondo que atraviesa todo el fascículo es que el bien común están ciertamente delante de nosotros porque hay que construirlo con las virtudes sociales y políticas en relación con los fines del hombre en la sociedad; pero está también detrás de nosotros, porque es el orden en el que la persona debe estar arraigado si quiere ser persona, un orden no personalista y, por lo tanto, dado que la persona sigue al bien común y no lo precede, precisamente por esto es personalizante. 

Éste es el equívoco introducido por el personalismo (también cristiano): que la persona sea la síntesis del bien común implica una laicidad de la política que excluye a Dios del propio bien común, e incluye que se rechace la propia idea del bien común como orden que hay que conservar y no sólo como fin que hay que alcanzar. Por otra parte, si el fin no está expresado por un orden (finalizante) resulta ideológico, arbitrario y violento, es decir, contrario al verdadero bien común. El progresismo, visto como el conseguimiento de finalidades no inscritas en un orden, es una carrera a un futuro sin verdad; es una revolución porque es ruptura con el orden natural y tradicional; es violencia porque es una imposición de una verdad partidista como si fuera absoluta.

Todos ellos son argumentos que serán tratados y desarrollados por el arzobispo Crepaldi en su Escuela de Doctrina Social de la Iglesia con La Nuova Bussola Quotidiana.


Stefano Fontana

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